Hacer pan en casa puede parecer complicado cuando empezamos a leer sobre tipos de harina, porcentajes de hidratación, fermentaciones y masas madre. Sin embargo, no necesitamos dominar todos estos conceptos desde el primer día para conseguir un resultado que nos guste. Uno de los primeros aspectos que podemos aprender es que no todas las harinas se comportan igual y que elegir una u otra puede cambiar bastante la textura, el sabor y la forma de trabajar la masa.
La harina cambia mucho más de lo que pensamos
Cuando hacemos nuestro primer pan es fácil pensar que cualquier harina puede servir de la misma manera, pero pronto descubrimos que existen diferencias importantes. La harina de trigo es probablemente la más conocida y una de las más sencillas de utilizar para iniciarnos, mientras que la espelta, el centeno y el trigo sarraceno tienen características diferentes que debemos conocer antes de sustituir una harina por otra. Esto no significa que una sea necesariamente mejor que las demás. Lo importante es entender qué podemos esperar de cada una y poder poner en práctica la receta que te habías guardado en Instagram de galletas con trigo sarraceno.
También debemos tener en cuenta que dentro de un mismo cereal podemos encontrar diferentes tipos de harina. No es lo mismo utilizar una harina blanca que una integral y tampoco obtenemos exactamente el mismo resultado con una harina panificable que con una de fuerza. El grado de molienda, la cantidad de partes del grano que se conservan y las propias características del cereal influyen en el comportamiento de la masa. Por eso, cuando seguimos una receta, cambiar la harina sin realizar ningún otro ajuste puede hacer que el resultado sea diferente.
Una de las mejores formas de aprender a hacer pan consiste en experimentar poco a poco. Podemos comenzar con recetas relativamente sencillas y observar cómo responde la masa antes de probar combinaciones más complejas. Si cambiamos cinco ingredientes al mismo tiempo será difícil saber por qué un pan ha quedado demasiado compacto o por qué la masa resulta excesivamente pegajosa. En cambio, si introducimos pequeños cambios podremos conocer mejor cada harina y entender cómo afecta al resultado.
La harina de trigo es un buen punto de partida
La harina de trigo continúa siendo una de las opciones más habituales cuando hacemos pan. Una de sus principales características desde el punto de vista de la panificación es la presencia de gluten, que ayuda a proporcionar estructura y elasticidad a la masa. Durante el proceso de amasado y fermentación se desarrolla una red capaz de retener parte de los gases producidos, algo que contribuye a que el pan aumente de volumen y pueda desarrollar una miga aireada.
La Federación de Asociaciones de Celíacos de España explica que el gluten tiene un importante valor tecnológico en panadería, ya que contribuye al volumen, la esponjosidad y la elasticidad de las masas. Esto ayuda a entender por qué la harina de trigo suele resultar relativamente manejable cuando estamos empezando. Podemos amasar, realizar pliegues y observar cómo la masa va adquiriendo una estructura diferente a medida que trabajamos con ella.
Dentro de las harinas de trigo también tenemos distintas posibilidades. Una harina blanca suele proporcionar resultados diferentes a una integral, que conserva una mayor proporción de las partes del grano. También podemos encontrar harinas con características distintas para determinadas elaboraciones. Antes de comprar conviene mirar el envase y comprobar para qué usos está recomendada, especialmente cuando estamos siguiendo una receta concreta. Con el tiempo aprenderemos a reconocer qué tipo de harina funciona mejor para los panes que hacemos habitualmente.
La espelta tiene sus propias características
La espelta está relacionada con el trigo y durante los últimos años se ha convertido en una harina bastante habitual en panadería doméstica. Podemos utilizarla para preparar panes con sabores diferentes y combinarla con otras harinas cuando queremos experimentar. Sin embargo, no deberíamos tratarla automáticamente como si fuera exactamente igual que una harina de trigo convencional, porque la masa puede responder de manera diferente durante el amasado y la fermentación.
Cuando trabajamos con espelta merece la pena prestar atención a la consistencia de la masa en lugar de limitarnos a seguir las cantidades de una receta de trigo sin hacer ningún ajuste. Dependiendo de la harina que utilicemos podemos descubrir que necesitamos modificar ligeramente el agua o cambiar la forma de trabajar la masa. En panadería, las cantidades de una receta son una referencia importante, pero observar lo que tenemos delante también forma parte del aprendizaje.
Además, debemos recordar que la espelta contiene gluten. A veces encontramos cierta confusión sobre este punto debido a que se presenta como una alternativa al trigo convencional, pero esto no significa que sea adecuada para personas con enfermedad celíaca. Aunque tenga características diferentes y podamos utilizarla para preparar distintos tipos de pan, sigue siendo un cereal con gluten. Por tanto, si tenemos que preparar pan para alguien que necesita seguir una dieta estricta sin gluten, la espelta no puede utilizarse como sustituta.
El centeno nos permite preparar panes muy diferentes
El centeno es otra harina interesante cuando queremos salir del pan de trigo más habitual. Su utilización puede proporcionarnos panes con una personalidad diferente, tanto por el sabor como por la textura de la miga. También podemos combinarlo con harina de trigo si queremos empezar a conocerlo sin preparar directamente una masa elaborada principalmente con centeno. Esta opción nos permite observar cómo cambia el resultado mientras seguimos trabajando con una masa que puede resultarnos más familiar.
En relación con este asunto, Rincón del Segura recuerda que en panadería podemos utilizar diferentes harinas, entre ellas las de trigo, espelta, centeno y trigo sarraceno, que además podemos encontrar con distintos grados de extracción, como harinas blancas, semintegrales o integrales. Esta variedad nos ayuda a entender que elegir una harina no consiste únicamente en escoger el cereal. También debemos pensar qué tipo de pan queremos preparar, qué textura buscamos y si vamos a utilizar una única harina o realizar una mezcla.
Si es la primera vez que utilizamos centeno, puede resultar más sencillo comenzar incorporando una cantidad moderada a una receta que ya conozcamos. Así podremos comparar el resultado con el pan que preparamos habitualmente y observar las diferencias de sabor, humedad y textura. Después podemos aumentar progresivamente la proporción si nos gusta el resultado. No existe ninguna necesidad de empezar directamente con recetas complicadas. Aprender a hacer pan también consiste en conocer los ingredientes poco a poco y descubrir cuáles funcionan mejor para nuestros gustos.
El trigo sarraceno es un caso diferente
A pesar de su nombre, el trigo sarraceno o alforfón no es simplemente otra variedad de trigo. De hecho, la normativa española sobre calidad del pan lo incluye entre las semillas de especies vegetales que no pertenecen a la familia de las gramíneas. Esta diferencia es importante porque su comportamiento cuando hacemos pan no es el mismo que podemos esperar de una harina de trigo. Si sustituimos toda la harina de una receta convencional por trigo sarraceno sin modificar nada más, probablemente no conseguiremos la misma estructura.
El trigo sarraceno es naturalmente una opción sin gluten, pero aquí debemos introducir una precisión especialmente importante para las personas con enfermedad celíaca. Que un ingrediente sea naturalmente libre de gluten no significa automáticamente que cualquier paquete que encontremos sea adecuado, ya que puede producirse contacto cruzado durante la producción, molienda o envasado. Si necesitamos evitar estrictamente el gluten debemos comprobar siempre el etiquetado y elegir productos que ofrezcan las garantías correspondientes. Esta precaución es especialmente importante cuando cocinamos para una persona con enfermedad celíaca.
En panadería casera podemos encontrar recetas que utilizan trigo sarraceno junto con otras harinas y otras que están específicamente formuladas para trabajar sin gluten. Lo importante es no esperar que se comporte exactamente como el trigo. Las recetas sin gluten suelen necesitar una formulación pensada específicamente para compensar la ausencia de la estructura que proporciona esta proteína. Si queremos experimentar, lo más sencillo es comenzar con una receta diseñada desde el principio para trigo sarraceno en lugar de intentar transformar una receta tradicional cambiando únicamente la harina.
Qué debemos mirar antes de elegir una harina
Cuando estamos delante de varias bolsas de harina podemos sentir que todas parecen bastante similares. Sin embargo, merece la pena dedicar unos minutos a leer la información del envase. El cereal utilizado es solamente el primer dato que debemos comprobar. También podemos encontrar indicaciones sobre si se trata de una harina blanca, integral o semintegral, además de información relacionada con su composición, conservación y posibles alérgenos.
Antes de decidir podemos prestar atención a algunos aspectos básicos, como el cereal con el que está elaborada la harina y si se trata de una variedad blanca, semintegral o integral. También conviene pensar en el tipo de pan que queremos preparar, la cantidad de agua indicada en la receta y si vamos a utilizar una sola harina o combinar varias. Si existe alguna necesidad alimentaria específica, tendremos que comprobar especialmente la presencia de gluten y revisar con atención la información que aparece en el envase. Además, es recomendable consultar las indicaciones de conservación para mantener la harina en buenas condiciones durante más tiempo.
No necesitamos convertir esta revisión en algo complicado. Si estamos empezando, podemos comprar una harina adecuada para pan y utilizarla varias veces antes de cambiar. Esto nos permitirá familiarizarnos con su comportamiento y comprobar cómo afectan pequeños cambios en el amasado, la cantidad de agua o la fermentación. Cuando tengamos algo más de experiencia podremos empezar a mezclar harinas y comparar resultados con mayor facilidad.
Mezclar harinas nos permite experimentar
Elegir entre trigo, espelta, centeno y sarraceno no significa necesariamente que tengamos que utilizar solamente una de estas opciones. Las mezclas son habituales en panadería y pueden servirnos para combinar determinadas características. Podemos mantener una proporción importante de harina de trigo e incorporar una cantidad menor de centeno, por ejemplo, o experimentar con otras combinaciones siguiendo recetas pensadas para ello. De esta forma podemos cambiar el sabor y la textura sin alejarnos demasiado de una masa que ya sabemos manejar.
Cuando hacemos estas pruebas conviene modificar las cantidades de manera progresiva. Si tenemos una receta de trigo que nos funciona bien, podemos utilizarla como punto de referencia y comenzar incorporando otra harina en una proporción moderada. Después observaremos cómo cambia la masa. Quizá absorba el agua de forma diferente, resulte más pegajosa o necesite que adaptemos nuestra forma de trabajarla. Tomar alguna nota puede parecer innecesario, pero resulta muy útil si queremos repetir exactamente un pan que nos ha gustado.
También podemos observar el resultado una vez horneado. El aspecto exterior no debería ser nuestro único criterio para decidir si un pan ha salido bien. Conviene mirar la miga, comprobar la humedad, valorar el sabor y observar cómo se conserva durante los días siguientes. A veces una hogaza que no ha quedado especialmente bonita puede tener un sabor estupendo. Con la práctica iremos entendiendo qué características valoramos más y podremos adaptar nuestras recetas a nuestras preferencias.
La mejor harina depende del pan que queramos preparar
Después de comparar estas opciones podemos comprobar que no existe una única harina que sea la mejor para todos los panes. La harina de trigo puede ser una buena elección para empezar por la facilidad con la que podemos encontrar recetas y trabajar masas con estructura. La espelta nos permite introducir sabores y características diferentes sin abandonar los cereales con gluten, mientras que el centeno abre la puerta a panes con una textura y un sabor distintos. El trigo sarraceno requiere otro planteamiento y puede utilizarse en recetas específicamente diseñadas para aprovechar sus características.
Si nunca hemos hecho pan, mi recomendación práctica sería no intentar dominar todas estas harinas al mismo tiempo. Podemos empezar con una receta sencilla, repetirla varias veces y aprender a reconocer cómo debería sentirse la masa en cada fase. Después será mucho más fácil introducir espelta o centeno y comparar los resultados. Más adelante podemos experimentar con otras formulaciones y con panes elaborados a partir de trigo sarraceno. No tenemos que conseguir una hogaza perfecta en el primer intento para disfrutar del proceso.
Al final, hacer pan en casa también consiste en probar, observar y corregir. Una receta nos proporciona unas cantidades y unos tiempos, pero nuestra experiencia nos ayuda a interpretar lo que sucede con la masa. Conocer las diferencias entre trigo, espelta, centeno y sarraceno nos permitirá elegir con más criterio y entender por qué dos panes preparados de una manera aparentemente parecida pueden terminar siendo completamente distintos. Cuanto mejor conozcamos las harinas que utilizamos, más sencillo será adaptar cada receta al tipo de pan que realmente queremos preparar.